Hay momentos a lo largo de la historia que se antojan cruciales. Son giros que cambian el destino de las cosas sin remisión. Este podría ser uno de esos momentos. Lamentablemente, todos los acontecimientos y datos que tenemos sobre la mesa no invitan precisamente al optimismo. Hablamos del inagotable conflicto entre Israel y los palestinos. Lo ocurrido en la mañana del viernes 14 de julio es tan terrible –tanto como las muchas otras veces en las que hemos tenido que hablar de las vidas humanas segadas por el terrorismo– que nos gustaría gritar a los cuatro vientos que basta ya, que no habrá más muertes, más asesinatos, que ya no habrá más terror. Que de la traumática experiencia surge una reacción unánime de rechazo a la violencia. Es la premisa fundamental para empezar a construir la paz. Con cada asesinato nos gustaría anunciar que ya no habrá más y que ese momento crucial de cambio que tanto estamos esperando ha llegado. Para Haiel Sitawe y Kamil Shnaan, los policías israelíes asesinados en la mañana del viernes por tres terroristas árabes israelíes, ya es demasiado tarde. Para todos los demás, israelíes y palestinos, la oportunidad podría estar a la vuelta de la esquina, o al menos eso nos gustaría pensar. Hay una base de partida irrenunciable: no habrá oportunidad para la paz si quienes promocionan, apoyan o incitan la violencia no dan un paso adelante y condenan el terrorismo.

El atentado del viernes requiere el rechazo de todos. Abbas, el líder de los palestinos en Cisjordania, ha condenado el ataque. Pero de nada sirve si luego la entidad que preside, la Autoridad Nacional Palestina, sigue subvencionando a los familiares de los terroristas. Por supuesto, Hamas ha aplaudido este acto de barbarie. Y duele mucho tener que dar por supuesto que la organización terrorista que gobierna sobre los palestinos de Gaza aplaude, cuando no se adjudica, los atentados contra ciudadanos israelíes. Mientras esto siga siendo así, es imposible que el momento crucial de cambio llegue. Pero sí pueden darse pasos positivos si los líderes políticos árabes israelíes transmiten un mensaje claro y contundente de condena a este atentado, perpetrado por tres terroristas de esta minoría en Israel. Aislar a los violentos y terroristas, y a las organizaciones que los promocionan, del resto de la sociedad israelí y palestina, sería la mejor de las noticias.

Mientras este aislamiento y esta denuncia no lleguen, tendremos que asumir el dolor de atentados como el del viernes, que acabo con la vida de estos dos policías de origen druso. Uno de ellos, Haiel Sitawe, deja mujer y un hijo de apenas tres semanas de edad. Estremece la juventud de las víctimas inocentes que deja el terrorismo que golpea a Israel en los últimos tiempos. Sitawe tenía 30 años, y su compañero, Shnaan, 22. Pasadas las siete de la mañana, en las inmediaciones del recinto del Monte de Templo, fueron tiroteados por tres terroristas que venían de una localidad muy cercana a las de las dos víctimas, en el norte de Israel. Veinteañeros, muy jóvenes, eran también las víctimas mortales de los otros atentados sufridos en Israel en 2017: siete vidas robadas en cuatro atentados, por atropello o por apuñalamiento, incluida una turista británica. La realidad es que mientras esperamos a que llegue ese giro definitivo que ponga fin a la violencia que impide buscar una solución al conflicto, en los dos últimos años los israelíes han sufrido –siguen sufriendo– una cruenta ola de violencia palestina. Desde septiembre de 2015 han sido asesinados 43 israelíes, dos visitantes estadounidenses, la turista británica anteriormente mencionada y un palestino, principalmente por atropellos, apuñalamientos y armas de fuego, a manos de atacantes palestinos.

Todos ellos ya no podrán disfrutarlo, pero el hijo de Sitawe y su generación merecen un futuro de paz, que solo llegará cuando se ponga fin a la violencia terrorista.


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